Reseña: La muerte de Stalin

Por Eric Ortiz

Luego de estar concentrado en su serie de televisión Veep, la cual es protagonizada por Julia Louis-Dreyfus (Elaine Benes en Seinfeld), el director, productor y guionista escocés Armando Iannucci (co-creador del legendario personaje Alan Partridge) regresó a la pantalla grande el año pasado con La muerte de Stalin (The Death Stalin, 2017), una de las comedias más hilarantes y estrafalarias de los últimos tiempos, a partir del seguimiento al proceso posterior a la muerte en 1953 del otrora líder de la Unión Soviética, Joseph Stalin; siendo los protagonistas del filme el resto del comité comunista, entre ellos Nikita Khrushchev, Georgy Malenkov y Lavrentiy Beria.

La farsa política de Iannucci es atrevida porque, para empezar, todo su reparto está plagado de grandes actores americanos y británicos, quienes en ningún momento pretenden pasar por soviéticos. El genial Steve Buscemi es Khrushchev; Jeffrey Tambor, de Arrested Development, es Malenkov; y Simon Russell Beale es Beria, además de que otros expertos en la comedia -como el ex Monty Python Michael Palin o Paddy Considine, de Hot Fuzz (2007) y The World’s End (2013)- tienen participación. Ver interactuar a un ensamble actoral de este nivel no sólo es un deleite sino también una verdadera locura, debido a que la comicidad de la cinta nunca tiene descanso.

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La película es completamente disparatada desde su primer minuto y, al mismo tiempo, revela explícitamente la brutal manera en la que operaba la dictadura de Stalin, cuyos enemigos eran “exiliados, desaparecidos o asesinados”. Las dos vertientes se conjugan en hilarantes secuencias que parten de hechos documentados para después enfatizar en lo absurdo. En la escena de la muerte de Stalin, por ejemplo, algo que sale a relucir en más de una ocasión es que Nikita Khrushchev no tuvo tiempo para quitarse su pijama antes de ir al trabajo (imposible no reír ante situaciones ridículas como ésta); pero el humor también proviene de cuestiones sociopolíticas como el problema de Stalin contra los médicos.

Dentro de la ola humorística, y el brillante despliegue actoral (hay mucha comedia física), Armando Iannucci construye una trama en la que cada político parece tener una agenda diferente, desconfiando de los demás, mientras tienen que lidiar juntos con cuestiones como el funeral de Stalin, el arribo de sus dos hijos, el futuro inmediato de la lista negra de enemigos y en general el complicado estado de su nación. Naturalmente, lo que ocurrió entre bastidores tras la muerte de Stalin es turbio y Iannucci lo aborda fríamente, haciendo de La muerte de Stalin una sátira tan divertida como oscura.

La muerte de Stalin actualmente está en cines de México, distribuida por Corazón Films.

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